Sesiones de post- comuniones diferentes
Hay veranos que se quedan a vivir dentro de nosotros.
No por una fecha.
Ni siquiera por el calor.
Se quedan porque hay días que empiezan siendo una sesión de fotos… y acaban siendo una aventura.
Eso fue lo bonito de la tarde con Emma.
Llegó con su vestido de comunión impecable y terminó dentro del río Ésera.
Con el vestido mojado, con el pelo revuelto y con esa expresión que no se puede preparar, porque solo aparece cuando dejas de posar y empiezas a vivir el momento.


¿Y después de la comunión?
Después del día de la comunión muchas familias me dicen lo mismo:
“Qué pena que ya haya pasado.”
Y siempre pienso que, en realidad, todavía queda una parte muy bonita.
La postcomunión. Porque la comunión es un día, pero la infancia sigue.
En estas sesiones el vestido deja de ser una preocupación y vuelve a ser lo que siempre debió ser: una excusa para salir, pasear y crear un recuerdo diferente.
Ya no hay relojes.
Ni horarios.
Ni invitados esperando o nervios para que todo salga perfecto.
Solo una tarde de verano por delante y eso cambia la manera de vivir la sesión.
Con Emma pasó exactamente eso.
Agua fresca y muchas ganas de hacer algo diferente.
Fue entonces cuando la sesión cambió … o, mejor dicho, cuando empezó de verdad.
Porque las mejores fotografías aparecen cuando dejamos de preocuparnos por la pose y empezamos a vivir lo que está pasando.



El río también cuenta historias
Siempre he pensado que los lugares guardan memoria.
No son solo un escenario.
También cuentan quiénes fuimos.
Estoy convencida de que, dentro de unos años, Emma quizá no recuerde el día exacto en que hicimos estas fotografías.
Pero sí recordará el agua helada del río Ésera.
El calor de aquella tarde.
Las piedras bajo los pies.
Y las carcajadas que llegaron cuando el vestido dejó de importar.
Y, al final, eso es lo que permanece.

La fotografía como recuerdo
Con el tiempo el vestido dejará de servir.
Los zapatos se quedarán pequeños.
Y la comunión será solo una fecha en el calendario.
Pero lo que permanecerá será esa tarde.
Porque las fotografías no solo nos enseñan cómo éramos.
Nos ayudan a volver a cómo nos sentíamos.
Por eso no busco fotografías perfectas.
Busco imágenes honestas.
Las que, dentro de veinte años, sean capaces de devolveros el sonido del río, la luz del verano y la sensación de que todavía quedaba toda la infancia por delante.
Gracias, Emma, por recordarme que las mejores historias casi nunca siguen el plan.
Empiezan cuando alguien propone bajar al río.
Y todos dicen que sí.





