Hay algo simbólico en que la primera entrada de este nuevo blog llegue con el solsticio de verano.
Quizá porque llevo media vida contando historias con una cámara. Quizá porque crecí entre montañas donde las tradiciones todavía tienen voz propia. O quizá porque estamos a las puertas de San Juan, esa noche que para mí y para muchos, sigue siendo la más mágica del año.
Sea por lo que sea, me parecía el momento perfecto para empezar.
Porque el solsticio habla de ciclos.
De luz.
De comunidad.
Y también de memoria.
Y si algo he aprendido a través de la fotografía es que la memoria necesita ser cuidada.
Necesita relatos.
Necesita imágenes.
Necesita personas dispuestas a detenerse un instante para mirar.
Por eso hoy quiero hablar de las Fallas de Bonansa, una tradición que cada año vuelve a recordarnos que hay historias que merecen seguir siendo contadas. Para ellos son reconocidas como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO desde 2015.



En una época donde todo sucede deprisa, las Fallas obligan a mirar hacia arriba.
Hacia la montaña.
Hacia los caminos que otros recorrieron antes.
Cada año, alrededor del solsticio de verano, los propios y foraneos suben hasta el faro de Sant Aventí, situado sobre Bonansa. Allí esperan la llegada de la noche.
No es una subida cualquiera.
Es un gesto cargado de simbolismo.
Se sube para encender el fuego que después descenderá hasta el pueblo.
Se sube para repetir un ritual que lleva siglos atravesando generaciones.
Se sube porque la tradición no vive en los libros: vive cuando alguien la hace suya.
Cuando la oscuridad empieza a cubrir la montaña, las fallas se encienden.
Y entonces ocurre algo difícil de explicar para quien nunca lo ha visto.
Una hilera de luces comienza a dibujar el paisaje.
El fuego desciende lentamente por la ladera.
La montaña se ilumina por las fallas y la emoción traspasa la piel.
Las Fallas del Pirineo poseen algo de mágia.
Mucho antes de convertirse en una celebración asociada a San Juan, el fuego ya formaba parte de antiguos rituales vinculados al solsticio de verano.
Era una forma de celebrar la llegada de un nuevo ciclo.
De proteger los campos.
De pedir prosperidad.
De reunir a la comunidad alrededor de algo que pertenecía a todos.
Quizá por eso siguen emocionando.
Porque no son una representación.
No son un espectáculo pensado para ser observado desde fuera.
Son una tradición viva.
Y eso marca la diferencia.
En Bonansa participan vecinos, familias, niños, jóvenes y mayores.
Hay quien baja la falla por primera vez.
Y hay quien lleva toda una vida haciéndolo.
Pero todos forman parte de la misma historia.
Vivimos rodeados de información.
Pero las historias siguen teniendo algo especial.
Nos ayudan a entender de dónde venimos.
Nos permiten reconocer quiénes somos.
Y nos recuerdan que formamos parte de algo más grande, de algo más plural y a la vez conocido.
Quizá por eso disfruto tanto de mi trabajo.
Porque fotografiar nunca ha sido únicamente hacer fotos.
Fotografiar es escuchar.
Es observar.
Es intentar conservar aquello que mañana, quizá, ya no exista.
Cuando fotografío las Fallas no estoy fotografiando solo fuego.
Estoy fotografiando una manera de entender el territorio.
Una herencia cultural.
Una emoción compartida.
Una memoria colectiva.
Y creo profundamente que contar estas historias importa.
Importa hoy.
Porque esas imágenes tienen y tendrán un valor enorme.
Porque los recuerdos se transforman.
La memoria selecciona.
Olvida detalles.
Pero una fotografía tiene la capacidad de devolvernos a un instante concreto.
A una mirada.
A una emoción.
A una noche de verano.
Por eso siempre digo que hacer fotografías no consiste únicamente en guardar imágenes.
Consiste en conservar fragmentos de nuestra historia.
De nuestra historia personal.
Y también de nuestra historia colectiva.
Las Fallas de Bonansa forman parte de ese patrimonio invisible que solo sigue existiendo porque hay personas que continúan viviéndolo, transmitiéndolo y compartiéndolo.
Y mientras haya alguien dispuesto a subir al faro, encender una falla y recorrer la montaña con ella en la mano, la historia seguirá viva.





