La memoria viva de un oficio que se desvanece
Contar la historia de los pastores del Pirineo Aragonés es, en realidad, contar la historia de una forma de vida que se desvanece. En este proyecto, sus retratos se transfieren manualmente a distintas maderas procedentes de los bosques oscenses, como si la propia naturaleza quisiera guardar memoria de quienes la han habitado y trabajado durante generaciones.
Fernando, Javier, Luis, José Antonio, Rosa, Raúl, Joaquín N., Joaquín Luis, Zacarías, Joaquín F., Valentino, Sara, Héctor, Antonio, Baltasar, Ramón y Joaquín B. ponen rostro a una profesión castigada y casi extinta. Cada uno aporta una historia, una edad, un sentimiento distinto. Pero todos comparten un lugar común: la pertenencia a un territorio que han moldeado con su esfuerzo y su conocimiento.
Estas piezas hablan de identidad y de paisaje.
De la herencia que deja quien camina la montaña desde la madrugada.
De los gestos aprendidos y transmitidos, de la dureza y la dignidad de un oficio que apenas encuentra relevo.
Porque somos paisaje cuando transformamos el territorio, y el territorio —a su vez— acaba transformándonos a nosotros. Lo que somos queda escrito en la tierra que pisamos, en los bosques que cuidamos, en la montaña que nos reconoce.
Paisaje = naturaleza + cultura.
Todo lo demás es olvido.
Como escribió Eduardo Martínez de Pisón en Territorio de abejas, paisaje de hombres, el paisaje no es solo lo que se ve; es lo que se vive.
Y en estas maderas, en estos rostros, permanece la memoria de quienes han construido ese vivir.