“Se retorna siempre desde donde se parte, pero no se regresa indemne de experiencia.”

A las faldas del Morrón, en una tierra fértil que araña el tiempo y sostiene la vida, vuelvo a revisar mis identidades y mi idea de hogar. Este territorio —hecho de pastoreo, silencio y memoria— es el lugar desde el que parto para comprender quién soy y de dónde vengo.

A través de este entorno rural, rastreo los hilos que componen el nudo que conforma mi familia. Dicen que nuestros antepasados la llamaron Solano porque nuestra casa está orientada al Sur.

Revisito los paisajes de la infancia y de la mano de mi padre, descubro nuevos caminos que me permiten reconocerme a través de una profesión casi extinta, que entrelaza y atraviesa la columna vertebral de mi familia.

Joaquín, mi padre, que se mantiene en el lugar donde lo parieron, recorre torpe los mismos senderos invadidos de tomillo y aliagas con un rebaño menguado por los años y por las fuerzas.

Mi madre, María Cruz, contenida de amor, no rebla ante el esfuerzo de los cuidados y no se recuerda a sí misma sin un dolor sordo, de fondo, de base.

Joaquín, mi hermano, toma el peso de lo vivido y lo no hablado. Crece junto a su hijo y vuela buscando la manera de encontrar el equilibrio.

Acompaño sus pasos. Me detengo. Observo.

Los miro en silencio y, mientras lo hago, algo dentro de mí se recoloca.

En sus movimientos reconozco el territorio que me sostiene; en sus gestos, la herencia que me atraviesa.

Y en ese reconocimiento abrazo, por fin, la idea de pertenencia.

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